Editorial
Monstruos contemporáneos
Interés ético del mito
Aldana Argüello Valenzuela

Universidad de Buenos Aires

psiarguellovalenzuela@gmail.com

Ignacio Trovato

Universidad de Buenos Aires

ignacio.trovato@gmail.com

Lucía Amatriain

Universidad de Buenos Aires

lu.amatr@gmail.com

Paula Mastandrea

Universidad de Buenos Aires

mastandreapaula@gmail.com

El núcleo etimológico de la palabra monstruo no remite en su origen a lo horrible o espeluznante, sino a la advertencia. Derivada del latín monstrum, nombra aquello que muestra, que saca a la luz lo que permanecía tras las sombras. Se presenta como una irrupción que vuelve visible lo oculto, aquello que no sabíamos –o no queríamos saber– y que, precisamente por eso, nos convoca.

En ese sentido, la novela Frankenstein o El Moderno Prometeo, publicada por Mary Shelley en 1818, inaugura una de las figuras monstruosas más persistentes de la modernidad formulando una pregunta que sigue vigente: ¿de qué nos advierte ese cuerpo ensamblado, animado por la ciencia y luego abandonado? ¿Qué viene a mostrar Frankenstein sobre la ambición humana, sobre los límites del saber, sobre un hombre que avanza sin responsabilidad sobre los efectos de su accionar? En sus variantes literarias y cinematográficas, la criatura de Frankenstein siempre encarnó un exceso en relación a la ciencia como pretensión de dominio de lo real.

Es lo que plantea el artículo central de este número “Creadores y padres en el mito de Frankenstein” de Eduardo Laso, que establece la diferencia entre el gesto de filiar una criatura y el afán creacionista de la ciencia. Desde una perspectiva complementaria, el trabajo de Tomas Gaete Altamirano “Un Monstruo Melancólico: un análisis psicoanalítico del Drácula de Coppola” presenta el problema en torno a la figura de Drácula, otro monstruo célebre de la literatura y el cine.

La referencia al mito de Prometeo inscribe la novela de Shelley en una crítica al optimismo positivista respecto a la posibilidad de expandir los límites de la ciencia en el dominio de la vida. Es que el fuego robado a los dioses no ilumina sin un resto… Serapio Estanislao Cazana Canchis reflexiona al respecto en su texto “La ética prometeica en la película Oppenheimer: riesgo, incertidumbre y ambivalencias”, proponiendo tanto un recorrido por las contradicciones del ethos en relación al mito prometeico como una novedosa actualización de dicho mito a partir del film Oppenheimer. Asimismo, el libro Prometeo en Occidente de Javier Aliaga analiza las resonancias del mito y su eficacia para plasmar la relación ambivalente que la cultura mantiene con sus propias creaciones.

De los mitos fundantes a las figuras contemporáneas, los monstruos continúan cumpliendo su función de señalamiento. Pero no todos provienen del exterior ni llevan un aspecto desagradable. El mito de Narciso, releído en clave contemporánea, deja entrever otra figura atractivamente monstruosa: la del doble, la despersonalización y el repliegue mortífero sobre la propia imagen. En “Black Swan: la mancilla del yo en el doble del espartículo espejo”, Ignacio Roldán Martínez lo expone con claridad: no hay aquí una criatura desagradable que irrumpe desde afuera, sino una subjetividad que se fractura al identificarse con un ideal imposible.

Y en esta fascinación actual por la cinematografía de asesinos en serie y perversiones, ¿cuánto hay de esa terrible criatura que podría habitar en nosotros? El texto del psicoanalista Jorge Bafico titulado “Ed Gein, vecino poco amigable” constituye una invitación a cuestionar la monstruosidad que puede habitar en lo humano, así como una reflexión en torno a los alcances de sus efectos.

Quizás los monstruos no pertenecen al pasado y no corresponden a lo absolutamente foráneo, sino más bien a lo éxtimo, a aquello que se fundaría en un juego dialéctico entre lo íntimo y lo ajeno, guardando una proximidad con la condición humana mayor a lo que imaginamos. Lo monstruoso regresa así con toda su potencia para advertirnos sobre las posibles consecuencias de nuestro accionar cuando éste desatiende los límites propios del orden humano, cuestionando incluso el propio concepto de reproducción humana y de ciencia ficción. En esta línea, los trabajos “Ciencia ficción: cine, política y pedagogía sobre la invasión extraterrestre” de Xavier Brito Alvarado y Ana Sedeño-Valdellos, e “IA, aceleracionismo y erotismo. Una lectura ético-psicoanalítica a través del cine” por Aldana Argüello Valenzuela y Rut Fidel constituyen un puente para su abordaje.

Por su parte, la propuesta de Enrique Richard y Melisa Eileen Richard Contreras “Tejiendo la Ética y la Praxis: El Cine como Simulador para una Formación Holística en Ciencias de la Salud” adiciona a este número de Ética & Cine Jorunal una interesante indagación relativa al uso del cine como herramienta para el abordaje de temáticas de interés para el campo de la bioética. Se finaliza este recorrido con una reseña del reciente libro de la investigadora Evie Kendal titulado Ciencia ficción y ética de los úteros artificiales, en donde se analizan los alcances bioéticos de la ectogénesis y la eficacia del cine para el abordaje de esta novedosa y compleja temática.

Como el Dr. Frankenstein se pretende Dios pero es incapaz de alojar a su criatura, es ésta –y no Dios mismo como en la Biblia– la que le hace saber que "no es bueno que el hombre esté solo" y aparece la idea de crear una mujer. En esta línea, el artículo “Frankenstein en femenino. Variaciones de lo monstruoso” de Lucía Amatriain e Hilen Ottone aborda cómo lo femenino se presenta en el punto donde la pretensión científica se fractura, revelando el límite del dominio humano sobre la vida.

Finalmente, sobre el cierre de este número del Journal, en marzo de 2026, se acaba de estrenar ¡La novia!, de Maggie Gyllenhaal. Allí Mary Shelley reencarna en la novia de Frankenstein en los Estados Unidos de los años 30 y junto a Frankie conforman una suerte de Bonnie and Clyde, que resulta un fracaso de público y crítica. El mito, como todo mito, se presta a innumerables variaciones. No todas le hacen justicia.



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