Reseña Aniversario
Grief Technologies en Metropolis
Metropolis | Fritz Lang | 1927
Juan Jorge Michel Fariña jjmf@psi.uba.ar

Eduardo Laso lasale_2000@yahoo.com

El cine se prepara para uno de sus aniversarios más trascendentes. En 2027 se cumplirán 100 años del estreno del Metrópolis, de Fritz Lang, realizado a partir de la novela de Thea von Harbou, que ambienta la historia ¡en 2026! Como se sabe, la película es una maravilla del expresionismo alemán que sintetiza visualmente el tratamiento de los cuerpos bajo el capitalismo. Las filas interminables de trabajadores abatidos y la legión de quienes los reemplazarán en sus puestos se encuentran entre las imágenes más conmovedoras y recordadas, como así también la del famoso Maschinenmensch ("hombre-máquina"), uno de los mayores íconos en la historia del cine.

La película, cuya reconstrucción completa fue posible gracias a un hallazgo dos décadas atrás en Buenos Aires, ha sido leída en múltiples claves y se han derramado sobre ella ríos de tinta. Su famosa moraleja «El mediador entre la cabeza y las manos ha de ser el corazón», se ha prestado a interpretaciones controvertidas que van desde la conciencia sobre lucha de clases y la batalla de los oprimidos contra la desigualdad social, hasta una apología encubierta del Nacionalsocialismo.

En ediciones anteriores de Etica&Cine Journal nos hemos ocupado de estas cuestiones [1]. Para la presente reseña vamos a preferir un sesgo diferente, ya que Metrópolis puede ser pensada como una visionaria advertencia respecto del uso de androides y tecnología robótica para la elaboración de duelos. Aunque no se lo nombra en estos términos, la trama anticipa en cien años uno de los usos más inquietantes de la inteligencia artificial generativa: los programas que se proponen como “tecnología del duelo” (grief tech). Se trata de sistemas que procesan restos digitales (fotografías, videos, audios, mensajes, redes sociales) para recrear avatares, bots o androides que simulan la personalidad y voz del ser querido que ha fallecido.

En Metrópolis, John Fredersen, el líder supremo y gobernante de la ciudad, estaba casado con Hel, una hermosa mujer que muere al dar a luz al hijo de ambos. Pero antes de ser la esposa de Fredersen, Hel había sido pareja del científico e inventor Rotwang, que seguía enamorado de ella. Para inmortalizarla, Rotwang, tan genial como delirante, crea un monumento gigante en su honor y fabrica una mujer robot a imagen y semejanza de ella. Esa es la génesis del androide más recordado del cine.

Así, a partir de su siniestro invento, Rotwang rinde culto privado a la memoria de Hel, prohibiéndole a Fredersen acceder tanto al mausoleo como a la réplica. Por esta vía busca vengarse de su adversario y al mismo tiempo negar la muerte del ser querido, consagrando sus investigaciones a que el androide cobre vida con el espíritu y la inteligencia emocional de Hel. Pero la trama del film deparará sorpresas… y el desenlace trágico de este engendro artificial nos alerta respecto de la vana empresa que supone reemplazar con tecnología el complejo trabajo de duelo.

Un siglo más tarde, plataformas como Seance AI o You, Only Virtual utilizan redes neuronales para crear réplicas conversacionales. Estos avatares imitan el estilo de comunicación de la persona fallecida, permitiendo a sus deudos interactuar con ellos por texto, voz o video. Uno de los más difundidos es el proyecto "Dadbot", creado por el investigador, escritor y periodista de tecnología estadounidense James Vlahos en 2016. Se trata de un experimento que se nombra como de "inmunidad digital" y busca preservar la memoria de su padre, John, quien fue diagnosticado con cáncer terminal. El sistema se basó en la recopilación de historias orales y grabaciones de voz reales de su padre, lo que permitió simular su forma de hablar y sus rasgos de personalidad.

A partir de su proyecto personal, Vlahos cofundó HereAfter AI, una empresa que ofrece servicios similares para que las personas puedan conversar con recreaciones virtuales de sus familiares utilizando grabaciones de voz… y en China ya hay proyectos de “resurrección digital” basados en desarrollo de tecnología para sincronizar movimientos labiales con grabaciones de voz, dando así lugar a la proliferación de "robots de duelo" altamente personalizados, que se ofrecen a los familiares como ayuda para cerrar ciclos o mantener formas de conexión con la persona fallecida.

Metropolis fue ambientada justamente en 2026 y hoy la humanidad asiste a esta proliferación de émulos de Rotwang, que en nombre de la ciencia pretenden suprimir el real de la muerte. El cine, en cambio, no ha dejado de ofrecer pistas respecto de estos riesgos. Desde el clásico “IA” de Steven Spielberg (2001) hasta la reciente “Futuro Desierto”, de Lucía Puenzo (2026) llevamos ya un cuarto del nuevo siglo lidiando con la cuestión. [2]

Las líneas argumentales tienden a reiterarse, pero siempre aportando matices al tema. La película surcoreana Wonderland (Kim Tae-yong, 2024) ficciona un servicio de inteligencia artificial que permite a los usuarios hacer videollamadas y reconectarse con réplicas simuladas de sus seres queridos fallecidos. O la japonesa Sheep in the Box (Hirokazu Koreeda, 2026), que sigue a una pareja que, ante la pérdida de un hijo, acepta adoptar un androide diseñado por inteligencia artificial a partir de las huellas digitales del niño difunto. Y, por cierto, el recordado episodio de Black Mirror "Be Right Back" (Owen Harris, 2013), en el que luego de la muerte de su novio, una mujer recurre a un nuevo servicio online que procesa toda su información digital para reconstruir su personalidad, pasando de mensajes de texto a una réplica corporal con su misma apariencia física.

Capítulo aparte merece seguramente Marjorie Prime (Michael Almereyda, 2017), versión cinematográfica de la obra teatral nominada al Premio Pulitzer de Drama en 2015 y estrenada en Broadway en 2025. Ambientada en un futuro cercano, la historia muestra a una anciana con demencia que interactúa con un "Prime", un holograma de inteligencia artificial interactiva programado para parecerse a su difunto esposo cuando era joven. Por esta vía la mujer intentará reconstruir los recuerdos que poco a poco va perdiendo.

La muerte de un ser querido exige un trabajo simbólico para tramitar el vacío y no sucumbir a la melancolía o a la renegación maníaca. Freud advirtió que en el duelo coexisten el amor y el odio, y que esta ambivalencia genera una profunda culpa. En Metropolis toda la estrategia de Rotwang va en la línea de renegar el duelo. El inventor se refugia en lo imaginario para rechazar la castración como real. La ambivalencia hacia Hel se manifestará luego cuando, al darle vida, lo haga encarnando una versión malvada de María. En lugar de la visión idealizada y pura, la de una mujerzuela manipuladora y cruel. Cuando las llamas devoren el disfraz de la falsa María quedará al descubierto el carácter ominoso de su invento. Se revelará así su falso duelo, anclado a la culpa y al resentimiento.



NOTAS

[1Acerca de nuestras lecturas previas sobre Metrópolis, ver la Editorial de Mariana Gómez a propósito de la segregación en https://journal.eticaycine.org/Segregacion y la compartida con Paula Mastandrea sobre roboética en https://journal.eticaycine.org/Meta-memoria-y-roboetica

[2Para un análisis más detallado de la cuestión del duelo en IA, de Spielberg y Her, de Jonze, ver el artículo “La IA en el cine”, de Eduardo Laso con la colaboración de Juan Jorge Michel Fariña. Se reseñan allí una veintena de películas, proponiendo lecturas analíticas sobre cada una de ellas. Disponible en: https://www.aesthethika.org/La-inteligencia-artificial-en-el-cine